martes, 6 de marzo de 2007

De hurones, helados y mudanzas

Es posible que con el correr de los días, algunos de ustedes se confundan ante la variedad de narradores presentes en esta historia, y es que pocos lo saben, pero los narradores trabajamos en sistema de turnos. ¿Qué? ¿Acaso creían que un individuo podía estar observando y contando las vivencias de los demás a tiempo completo? No pues… debemos satisfacer ciertas necesidades biológicas. Además, la paga no es tan espectacular como para olvidarnos de nuestras vidas.

Hoy les contaré de otra habitante del edificio, vive por el piso 15. Un tanto absurdo, ya que le tiene fobia a las alturas y sufre de vértigo, pero era necesario si quería alejarse un poco de los ruidos de los autos y tener una vista menos limitada por los edificios del sector.

La chica que vive en el 1520 se llama Leeloo (no, no es léelo, se pronuncia lilú), o sea… “se supone” que así se llama. La verdad su nombre es un misterio. Porque a menos que sus padres hayan sido iluminados por los alienígenas de “El Quinto Elemento”, nadie en su sano juicio le pondrían ese nombre a un ser humano. Se especula que es abreviatura de su real identidad, sólo Dios y su carnè saben cuál será su nombre. Lo cierto es que todos le dicen Leeloo, y en algunos ámbitos de la vida es conocida simplemente como Lee.


Esta chica vive sola, bueno casi, porque tiene un hurón blanco, pero vive sin más seres humanos. Se fue a vivir sola cuando entró a la universidad, donde estudia veterinaria. Y es que Leeloo quizás no tiene grandes aptitudes para matemáticas, química o historia, pero claramente los animales son los suyo. Lo más probable es que si ve una persona y un gato atropellado, corra encima de la persona y rescate al felino, dándole respiración boca a boca si es menester. Definitivamente les tiene un cariño gigante, sobretodo a los hurones, si hasta se inscribió en huronesadictos.com. Los trata como humanos, a su hurón por ejemplo, lo entrenó para ir al baño (sí, su caja de arena está junto al WC), y le sirve su comida en la mesa, porque claro, le enseñó a sentarse en una silla. Incluso algunos rumorean que tiene un par de llaves propio, porque sabe abrir puertas y ventanas.


Hoy la vi saliendo del edificio junto a Orión (su hurón), iban a comprar la revista “Hurones a Montones”, como cada semana. La gente en la calle la debe encontrar un tanto freak (probablemente la palabra que más la representa) es que no todo el mundo pasea un ferret como si fuera perro. Pero ella no está muy preocupada de eso.

Llegando al quiosco, se encontró con la heladería “Viscosos pero sabrosos”, parada obligada: ama los helados. Pero no cualquiera, el de pistacho por ejemplo siempre lo descarta, es que le parece demasiado radioactivo su color, ni que hubiera salido de Chernobyl, muy chillón ese verde. Y con ese colorcito… ¿quién se atrevería a probarlo?

Siguió su camino de regreso, por la sombra, saboreando su “delicia de cookies & cream con chocolate y almendras tostadas, acompañado con salsa de manjar y chispies de chocolate” (si no fuera por su diaria rutina de gimnasio, la verdad sería no una obesa mórbida… sino sórdida!) Iba mirando al suelo, pensando en cuántas hormigas serían necesarias para realizar una fila india que fuera desde Tokio hasta su edificio, cuando de repente nota que a la entrada del mismo, se encontraba un camión de la compañía “El que rompe, paga”. Unos señores fortachones, con overoles color ceniza, iban descargando de forma interminable muebles y cajas de todos los portes, algunas con extraños dibujos.

Nada más claro, “nuevos vecinos” se dijo a sí misma.

Al ingresar al ascensor notó que en vez de subir, bajó al menos 1. “Raro”, pensó, “seguro algún niño travieso apretó el botón antes de irse”. Pero para su sorpresa, sí, alguien había llamado al ascensor desde ese nivel… se encontró de cara con una mujer vestida de negro y con un sombrero color bermellón, de mirada profunda. Musitó un “hola” y el ascensor continuó subiendo, la muy extraña mujer bajó en el hall del edificio, farfullando a los señores de la mudanza que tuvieran más cuidado con las cajas.

Leeloo siguió hasta el piso 15, un tanto curiosa, mientras Orión se había encaramado a sus brazos. El pobre temblaba como si hubiese visto un fantasma.

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