AAAAHHHH... ñam ñam ñam... Pucha que tengo sueño... Anoche se realizó la 943ª reunión de la NANA (Asociación Nacional de Narradores Anónimos... sí, lo correcto sería ANNA, pero es raro tener una agrupación con nombre de mina, pierde la seriedad, me entienden?) La cosa es que ya que se realiza anualmente, la fiesta siempre es en grande (corren muchas lucas en este rubro) así que nadie se la pierde, incluso los que al otro día tenemos que trabajar... claro que ahora me viene el remordimiento por esas copas de Flor de Caña... y vaya qué lo es!!!
En fin, a lo nuestro...
Como cada sábado en la mañana, la loca freak... perdón, Leeloo, salió del edificio rumbo a "Sudando la gota gorda", el gimnasio donde practica su deporte favorito: el Kendo.
Esto a raíz de la película Kill Bill. La primera vez que la vió en el cine, quedó rayando la papa (por no decir "obsesionada"... rayos, era al revés). Alucinó con la protagonista, Beatrix. Es que le parecía demasiado seca en eso de hacer justicia por sus propias manos. Creo que en total la ha visto unas 1349 veces (sumando parte 1 y 2) Tanto le encanta que en su cumpleaños pasado, se mandó a hacer un traje amarillo idéntico al de Beatrix, luego hizo una fiesta de disfraces donde Orión también tenía su propio traje a escala, como es lo usual.
Llegando al gimnasio, se encuentra con su instructor, un viejecillo, el señor Miyagi. Debe tener todos los años del mundo... y más, pero así y todo es muy ágil. En el fondo es amable, pero como maestro de kendo es demasiado estricto. Su entrenamiento es, cómo decirlo... poco convencional. El otro día obligó a Leeloo a permanecer horas sobre una barra de 15 cm de ancho, a unos 3 metros del suelo (donde habían muchas arañas pollito), esto como una forma de superar el vértigo de la chica. Al final, superó en parte el vértigo, pero generó más fobia aún a las arañas.
Durante el entrenamiento de hoy, se dedicaron al arte de la katana, al principio se parte eso sí con un simil de madera, la idea no es cortarle la cabeza a nadie, porque podría manchar con sangre el tatami traído directo desde Ishikawa y la limpieza sale un ojo de la cara.
Terminando la sesión, Leeloo se dirigió a los camarines. Cuando se acercó al lavamanos, notó algo horrible... una escena que sólo en pesadillas ve: habían pelos en el lavamanos. Pelos crespos, largos y notoriamente teñidos con tintura barata (cómo lo sabe, pregúntenle a ella, no a mí). Tras la arcada inicial, abrió rápidamente la llave y dejó correr el agua.
Es que Leeloo tenía cierta repulsión a los cabellos ajenos botados por ahí. Era una de las cosas que consideraba más asquerosa. Con los suyos no tenía problemas, era el hecho de acercarse a pelos de cabezas de quizás qué personas. Podría tratarse de cabellos de una mujer que no se hacía masaje capilar, de una niña que jugó todo el día en la tierra, de un calvo que usaba sus pocos pelos laterales peinados hacia el lado para disimular su cabeza de rodilla, o podría ser de algún hippie que no utilizaba acondicionador (casi un pecado)
Para olvidar ese trauma del minuto, pasó al Mall a comprarse un par de zapatillas que hicieran juego con el esmalte de uñas color vainilla que compró la semana pasada. Tras horas de indecisión y poco antes que la vendedora se suicidara, optó por un Dolce & Gabbana con aplicaciones doradas (discretas claro, la idea no es parecer enchulada) y se fue feliz a casa.
Al llegar al 1520, Orión la recibió con brincos, ambos sabían que era hora de ver algo que hace semanas agendaron... la Maratón del Hurón, por Animal Planet. Sencillamente, imperdible.
En fin, a lo nuestro...
Como cada sábado en la mañana, la loca freak... perdón, Leeloo, salió del edificio rumbo a "Sudando la gota gorda", el gimnasio donde practica su deporte favorito: el Kendo.
Esto a raíz de la película Kill Bill. La primera vez que la vió en el cine, quedó rayando la papa (por no decir "obsesionada"... rayos, era al revés). Alucinó con la protagonista, Beatrix. Es que le parecía demasiado seca en eso de hacer justicia por sus propias manos. Creo que en total la ha visto unas 1349 veces (sumando parte 1 y 2) Tanto le encanta que en su cumpleaños pasado, se mandó a hacer un traje amarillo idéntico al de Beatrix, luego hizo una fiesta de disfraces donde Orión también tenía su propio traje a escala, como es lo usual.Llegando al gimnasio, se encuentra con su instructor, un viejecillo, el señor Miyagi. Debe tener todos los años del mundo... y más, pero así y todo es muy ágil. En el fondo es amable, pero como maestro de kendo es demasiado estricto. Su entrenamiento es, cómo decirlo... poco convencional. El otro día obligó a Leeloo a permanecer horas sobre una barra de 15 cm de ancho, a unos 3 metros del suelo (donde habían muchas arañas pollito), esto como una forma de superar el vértigo de la chica. Al final, superó en parte el vértigo, pero generó más fobia aún a las arañas.
Durante el entrenamiento de hoy, se dedicaron al arte de la katana, al principio se parte eso sí con un simil de madera, la idea no es cortarle la cabeza a nadie, porque podría manchar con sangre el tatami traído directo desde Ishikawa y la limpieza sale un ojo de la cara.
Terminando la sesión, Leeloo se dirigió a los camarines. Cuando se acercó al lavamanos, notó algo horrible... una escena que sólo en pesadillas ve: habían pelos en el lavamanos. Pelos crespos, largos y notoriamente teñidos con tintura barata (cómo lo sabe, pregúntenle a ella, no a mí). Tras la arcada inicial, abrió rápidamente la llave y dejó correr el agua.
Es que Leeloo tenía cierta repulsión a los cabellos ajenos botados por ahí. Era una de las cosas que consideraba más asquerosa. Con los suyos no tenía problemas, era el hecho de acercarse a pelos de cabezas de quizás qué personas. Podría tratarse de cabellos de una mujer que no se hacía masaje capilar, de una niña que jugó todo el día en la tierra, de un calvo que usaba sus pocos pelos laterales peinados hacia el lado para disimular su cabeza de rodilla, o podría ser de algún hippie que no utilizaba acondicionador (casi un pecado)
Para olvidar ese trauma del minuto, pasó al Mall a comprarse un par de zapatillas que hicieran juego con el esmalte de uñas color vainilla que compró la semana pasada. Tras horas de indecisión y poco antes que la vendedora se suicidara, optó por un Dolce & Gabbana con aplicaciones doradas (discretas claro, la idea no es parecer enchulada) y se fue feliz a casa.Al llegar al 1520, Orión la recibió con brincos, ambos sabían que era hora de ver algo que hace semanas agendaron... la Maratón del Hurón, por Animal Planet. Sencillamente, imperdible.





