miércoles, 14 de marzo de 2007

Una historia de Supersecretos y Vecinos

¿Ya?, ¿estoy al aire?... cof, cof...

Y así fue como Ana Días pasó de ser una persona poco común a una menos común.

Despertó un día viernes a las 6:30 PM y sólo alcanzó a ver un flash que disparaba un hombre vestido de traje negro. Desde entonces su vida cambió, aunque ella no lo recuerda.

Su nuevo nombre es Marisa Travis, y aunque aún no se explica por qué su padre tiene apellido Días, ella supone que siempre se ha llamado igual. Ahora trabaja para la CIA en la sucursal de Santiago, específicamente en un grupo secreto llamado los “Hombres Y“, integrado sólo por mujeres ¿?; su número de agente es el 7.987.657.865.467.437.546.574.646.538.569.182.370,83, pero de cariño le dicen 83.

La cede oficial de reunión de los “Hombres Y” queda en el zócalo 3 del Vaticano desde donde se comunican diariamente a la vatioficina ubicada en Bandera 733. Cuenta además con el vatimóvil de la compañía y a veces con el papamóvil también.

¿Recuerdan ahora el departamento de 83, específicamente el baño y ese espejo misterioso? Bueno, ese espejo resulta ser una puerta de corredera que al mover a la derecha enseña un complejo tablero electrónico del tamaño de la falange distal del ortejo menor de la palma de la mano izquierda, que al encenderlo muestra números formados con luces de láser verdes que sobresalen de la pared para introducir la contraseña con el sólo hecho de tocar la luz en la secuencia indicada, y además muestra la fecha y la hora... pero de Sumatra (!!). Allí se introduce el password, que siendo este correcto, arroja un juego de Sudoku en nivel “Hard” que sólo luego de ser resuelto permite el paso a la habitación adyacente y ultra secreta de 83. El problema es que es tan secreta que ni yo puedo entrar... fregaron.

Pero allí viene 83!!! Lo sé porque Ultravati, su súper mascota (un quiltro de no más de 20 cms. de largo y 15 de alto) está meneando la cola.


Abajo, justo en la puerta del vestíbulo está parada 83. Hace 2 semanas que se mudó a este apartamento y otra vez se le dio vuelta el mapa, mientras pensaba que por qué le habrán puesto Transantiago al Transantiago se dispuso a preguntar al conserje por la ubicación de la escalera (es muy deportista), cuando se sintió un estruendo y griteríos a sus espaldas. Miró por el ventanal y alcanzó a ver con su súper vista y oír con su súper oído la discusión acalorada por algo de un reloj que sostenía una mujer vestida de negro con un tipo de overol cuyo logotipo decía ser de la empresa “El que rompe paga”, misma empresa que vio hace un par de días con la misma mujer gritando desde el elevador del edificio.

- Ojala no me toque por vecina!! - pensó mientras se disponía nuevamente a preguntar por la ubicación de las escaleras, cuando se tropezó con un hurón de sombrero y sweater rojo (por cierto, mejor vestido que ella) que cruzaba el vestíbulo.

Desde el piso, pudo ver como el animalito corría, hacia una chica vestida igual al ferret, pero con falda, por entre la serie de libros que salieron despedidos por el aire gracias al tropezón. La chica se acercó preocupada.

- ¿Se te quebró alguna uña??- preguntó
- ... ... ah?...
- Te pregunto si se te quebró alguna uña – repitió la chica
- Eh... no... creo que no... – respondió 83 parándose torpemente del suelo.
- Qué bueno, entonces estás bien.
- ... ¿?...

Sin entender mucho la conversación que acababan de sostener, pero agradecida de la preocupación de la joven, decidió sostener una plática porque, según 83, era hora de conocer a los vecinos. Así supo que la mujer que peleaba afuera era la nueva inquilina del departamento del subterráneo.

- Voy a tener que tomar pastillas para la memoria - se dijo a sí misma pues no recordaba que hubiese algún departamento en el estacionamiento.

Ese fue el comienzo de una amistad bastante extraña entre 83 y Leeloo, la chica del hurón.

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